Soy una persona bastante sencilla, quizás a veces demasiado humilde. Hay pocas cosas de las que presuma, y menos en el blog, en el que no me siento cómodo las veces que he rebasado cierto nivel de intimidad.
Es muy extraño, pero una de las cosas de las que más orgulloso me siento no la he hecho yo, y sin embargo, creo que de alguna forma me define. Me refiero a la estancia de mis padres en Alemania. –evidentemente en esa ciudad que me persigue-.
En la mudanza aparecieron muchas cosas para tirar y otras que guardo en una caja como un tesoro. Una de ellas fue la cartilla del emigrante que tenía el Banco de Santander –de la época en que no era un banco SÓLO para ricos-, con la que los españoles de fuera enviaban el dinero a sus casas. No la he tirado, es más, planeo ponerla en un sitio visible de la fábrica de chubasqueros.
Debió ser tanto esfuerzo. Debieron pasarlo tan mal. Debieron sufrir tanto. Aún no sé si valió para algo. Pero que coño, soy hijo de emigrantes, y estoy orgulloso. De los marcos a sesenta pesetas. De las cartas con sello de fuera. Y de las cosas que se les escapaban de refilón –las habitaciones compartidas, los tres trabajos a la vez, el baile del cura y los viajes a España con electrodomésticos-; e incluso de aquellas que no quisieron recordar y yo no soy capaz de imaginar.
Perdón si me he pasado de personal.
((Todo esto viene a cuento de que en la tele dan ‘Un franco, catorce pesetas’, donde Benito se quita el disfraz de albañil y el tono vulgar de ‘Manos a la obra’ para convertirse en un inmigrante español en Suiza. Evidentemente, como ‘El tren de la memoria’ –mucho más gore porque es documental- aún no puedo verla entera. Da igual. Algún día podré)).
Escrito en Cercanías | Etiquetas: "Un franco, Alemania, catorce pesetas", emigración