Ahora que mi vecino vuelve a conectase a la wi-fi (cosa que no ha hecho en toda la semana), puede retomar la escritura. Tengo varios post en mi cabeza que sólo tengo que trasladar a la pantalla y que corren el riesgo de quedarse atrasados (desde las cajas con preguntas, el Gran Hermano de las primarias demócratas o la policía musical), pero me da igual. Hoy lo importante es otra cosa. He tomado la decisión de no hojear ninguno de los gratuitos que se reparten. Salvo Gente, que considero bastante serio, profesional, con contenidos propios e incluso periodistas en plantilla.
”De todos los bares en todos los pueblos en todo el mundo, tuvo que entrar en el mío” (Rick Blaine)
Durante las últimas semanas Santander experimentó una regresión que la intentaba hacer parecer al Nueva York clásico de las pelis. Y no lo digo por la pista de patinaje del particular Rockefeller Center que es el otro centro de poder en la ciudad, sino porque por momentos me daba la impresión que los repartidores de periódicos iban a competir por llamar mi atención con gritos sobre las noticias, al mejor estilo de los niños de la prensa de los años 30. La verdad, no hacía falta. La cosa estaba clara.
Podía haber caído el periódico de las exclusivas tipo “Comienzan las rebajas”, “En Navidad hay cenas” o “En invierno hay gripe” (gracias, para las obviedades ya tengo Antena 3) o el de la desproporción y las advertencias, podían haber cerrado los medios con diseños realmente feos, con grandes respaldos o intenciones secundarias, o los que no dejan a sus profesionales desarrollar su potencial.
Pero no. De todos los gratuitos tuvo que irse el que pusieron en marcha dos jóvenes emprendedores, con cálculos previos profesionales, sin dependencias extrañas, sin intenciones aparte, con un concepto diferente, con un diseño agradable, sin opinión ni vendidas de moto y con una selección de noticias hecha con un criterio normal.
De todos los periódicos que disputaban nuestra atención tuvo que perder el que cometió los horribles pecados de incluir un concurso cultural, de aspirar a recoger reclamaciones ciudadanas reales y de no haber sido montado por lo que podríamos denominar “los de siempre”. Eso sí que es imperdonable, debió pensar alguno. Gente libre, con iniciativa e ideas propias. Hasta ahí podíamos llegar.
Qué injusto. Pero yo no voy a contribuir más a eso. De mis múltiples, variadas y disperas lecturas -os sorprenderían-ya no formarán parte las agresiones visuales e intelectuales. Las que afianzan el tópico de que lo gratis es peor. Qué curioso que el deterioro estético sea paralelo al conceptual, ¿no? Es como si quisieran avisar.
Con mucho respeto a los profesionales y su trabajo, por supuesto, y sobre todo, para quienes lo saben, con mucho amore. Con determinadas personas, eso sí que no cuesta nada.
Escrito en Cercanías, En la ciudad