Una de las cosas que más me gusta de Santander es que existe la pequeña posibilidad de ir por la calle y, zas!, encontrarse con José Ramón Sánchez. El señor que pintaba los dibujos de la Biblioteca Municipal en la que leía de pequeño, el que hacía dibujos que yo veía fascinado por la tele. El que unió para mí pintura y literatura.
Una vez me pasó. Varié una de mis anárquicas rutas para ir a ese trabajo sin horario y que cada día empieza en un sitio diferente. Y al pasar por Tetuán, ahí estaba, lo más parecido a un ídolo de la infancia para alguien como yo, escéptico, cínico y que no se ha caracterizado por ser muy mitómano que digamos. Comprando el pan tan tranquilo en el mismo barrio desde donde Gloria Torner descubre cada día un nuevo color en la Bahía de Santander, haciendo diferente el manido marco incomparable. (Y la tía se anima a experimentar en creaciones con nuevas tecnologías).
De vez en cuando José Ramón aparece en una rueda de prensa y además de contar las cosas que cuenta, siempre se le escapa una pose tipo padrazo, una expresión de señor mayor entrañable. De alguien que, como las personas que han trabajado con niños, sabe que siempre está enseñando.
En una de ellas presentaba el Libro de las Hojas Muertas, de un discípulo suyo. Y otra vez unió pintura y literatura, con ilustraciones y comentarios bien escritos sobre Cien años de soledad, ese libro que tiene la virtud de cambiar cada vez que lo lees.
Me gusta de José Ramón que decidió estar aquí, y no para descansar. Que sigue con proyectos. Que además de hacer alguna exposición y publicaciones con su estilo, se ha rodeado de amigos y ha hecho algo más: una editorial en la que apoya nuevos talentos y difunde su visión optimista del mundo. Creo que eso seguirá, con la editorial, con su apoyo a los jóvenes creadores, y también, espero, por la vía hereditaria.
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